Conocí a un
chino la semana pasada. Uno de verdad, no sólo de apodo. Se llama Toni, o más
bien, permite que los occidentales le llamen así para evitarnos la media hora
de esfuerzo para pronunciar su nombre. Inteligente él, complicados para
aprender nosotros.
Me acompañó
a buscar un libro rojo, el libro rojo de Mao Tse. Esa especie de guía de
instrucciones de cómo actuar en base a los principios marxistas y socialistas
que les dejo Mao a los chinos. Durante muchos años debieron portar uno en la
bolsa del pantalón o la camisa, por eso todos son pequeños e irrenunciablemente
rojos. Toni me explicó que desde niño lo obligaron a memorizarlo, pero no lo
entendía. Lo volvió a leer de adolescente. Hoy, dice que cada vez que tiene un
problema le basta remitirse a los textos de su pequeño libro rojo para
resolverlo. Por cierto, es gerente regional de su empresa y una persona que en
nuestro país podría considerarse de clase alta.
A todo esto
encontré el bendito libro. Es pequeño, rojo, claro está, y tiene una estrella
al frente. Está en chino, claro. Tiene inclusive escritura a mano en algunas
hojas. Históricamente es un tesoro, que debía tener en mi casa, no tendrá
ninguna utilidad pero debía estar. Ahora bien, después de caminar casi el
doble, encontré uno en español que he empezado a leer con emoción. Empiezo a
entender a Toni.
Una de las
primeras frases me dejo emocionado: "En lo que concierne a nuestro
deseo, no quisiéramos combatir ni un solo día. Pero si las circunstancias nos
obligan a luchar, podemos hacerlo hasta el fin." No podría estar más de
acuerdo.
Bueno, pero creo que debo explicar donde conocí a Toni. El Destino, por
llamarlo de alguna manera, quiso que la semana pasada viajara a China. Ya
regrese y sigue sonando a chiste, pero no lo es. Me han impresionado muchas
cosas, pero una sobre todo: No entiendo porque sólo Costa Rica se ha animado a
iniciar relaciones con este gigante asiático. Y es que, en serio, nunca la
palabra gigante fue más acertada.
Todo es excesivamente grande. En el aeropuerto hay unos carteles muy
grandes en todos los idiomas para dar la bienvenida. El que está en español es
para matarse de la risa, inevitablemente, dice: “Calurosos Bienvenidos”. No era
conmigo, seguro, yo llevaba frio.
La comida merece una entrada aparte en este blog. Es simplemente genial.
Rica en especias y muy picante la mayoría, pero deliciosa. Comimos de muchas
cosas, entre ellas culebra y medusa. Eso sí, nada de ratas. Mucho menos
“chomin” o arroz frito al inconfundible estilo de la quinta calle de la zona 1.
Me hospedaron en un hotel en el
nivel 66 y desayune aquellos días en el nivel 83. La torre de televisión de
Shangai, la Pearl Tower Tv tiene más de 300 metros de altura. Y hay otra cosa
enorme, el corazón de los chinos. Quizá eso sea lo que mejor sabor de boca me
dejo. Uno siempre mira a los asiáticos hablando en ese idioma imposible de
entender y no puede imaginarse que sean tipos amables, amigables, educados,
borrachos. Porque vaya que son borrachos, y miren que lo dice un guatemalteco.
Al cuarto día viaje en un tren. Iba con varios guatemaltecos y todos
ellos contaron sus historias de cuando viajaron en el tren en Guatemala. Yo no
tenía una historia. Recuerdo que mis papas cuentan que alguna vez fui en ese
tren, pero yo no lo recuerdo. Sin embargo, la única cosa en común entre ese de
los recuerdos de antaño y el superrapido de China es el nombre. Íbamos a 304
kilómetros por hora. Sin embargo, como en China todo es inmenso, también son
las distancias y aún a esa velocidad pasamos casi 5 horas en el bendito tren.
China, o al menos esa sensación me queda, es una oportunidad única. Es
un tren a punto de marcharse. Es un mercado con millones de posibles clientes,
más de los que podemos imaginar. Es un proveedor de productos más importante
del que podremos tener con nuestros actuales países amigos. Que me perdone
Taiwan, que mucho nos ha dado, pero deberíamos de encontrar la forma de tener
relaciones con ambos. Al final, sus pueblos son uno solo, divididos por una
frontera política. Al final, los guatemaltecos, por tanto prejuicio y racismo, estamos más divididos que las
dos Chinas, o que las tres si Hong Kong entra al asunto.
PD. Mi única queja es que en China no se puede acceder a Facebook, ni a
Twitter. Aunque en realidad, ahora que lo pienso, no los extrañe demasiado.
Hasta olvide mi celular varios días en el hotel y no me importo. Retiro mi
queja.