¡AGUA!, gritaron. Desde mi ventana vi al responsable del grito y el por qué lo hacía. Ante mis ojos y en segundos agentes de la Policía Municipal de Transito y sus patrullas. Y los gritos seguían. A cerca de una cuadra (vivo en un quinto nivel así que observo sin problemas lo que sucede a una cuadra de mi edificio) venia un camión cisterna de la Municipalidad.
Pero vamos por partes. A unos 20 metros de la entrada del edificio donde vivo, en la banqueta, duermen unas 15 personas. Llegan todos los días, quien sabe de dónde, a eso de las 8 de la noche, cargados de sabanas, ponchos, edredones y plásticos. Cada uno sabe cuál es su lugar en la banqueta y duermen ordenados, uno, junto al otro.
Nunca he visto sucia la banqueta y solo una vez, en los más de 15 meses que llevo viviendo acá, fui testigo de una pelea entre dos de ellos. Muchas veces se les escucha jugar cartas hasta eso de las 11 para luego dormir. Sin embargo, una vez, uno de ellos amaneció muerto. Según el Ministerio Público de frio. Era diciembre. Una vez a la semana vienen unas personas en varios carros y les dejan pan y café. En aquel diciembre, la noche antes de que amaneciera el muerto, vinieron a cantarles villancicos.
En este momento duermen el sueño de los justos sin molestar a nadie, así en la calle, pero me rehusó a llamarles indigentes, esa palabra tiene mucho de peyorativo. Y justamente así estaban la noche del grito.
¡AGUA!, sonó por segunda vez. La voz me alertó a mí y despertó a las personas en la banqueta. Ellos no necesitaron los segundos que yo si necesite para entender: Arriba de la cisterna iba un hombre con chumpa y gorra verde sosteniendo una manguera de las de PVC gruesas, negras, y de ella salía un chorro muy fuerte de agua. Les concedieron, si mucho, un minuto a las personas que dormían en la banqueta para quitarse y quitar sus cosas. Fue suficiente.
Luego, el camión avanzo y el potente chorro de agua cayó sobre toda la parte donde minutos antes esta gente roncaba y seguramente soñaba con un mejor lugar.
Nadie protestó y menos cuando empezaron a llegar los agentes de la Policía Municipal. La mayoría empezó a caminar para diferentes direcciones y ahí los perdí de vista. Una hora más tarde, al menos la mitad regresó a dormir al mismo lugar justo cuando en canal 7 pasaba un anuncio donde la Municipalidad presume de ser transparente. Claro está que las imágenes de ese desalojo no estaban en el anuncio.
Hoy conté el episodio en una mesa donde la mayoría de personas era desconocida. Me respondió alguien, de inmediato, que a mí no me había gustado el gesto porque no dormían enfrente de mi casa. Y en parte, le di la razón.
Minutos después, la conversación nos llevó a platicar sobre la llegada de los campesinos provenientes de Alta Verapaz como parte de la Marcha por la Resistencia, la Dignidad en Defensa de la Tierra y el territorio. Y ahí, si que aparecieron los comentarios peyorativos, racistas. Desde “indios ignorantes” hasta todo lo imaginable. Los señalaron de huevones por querer todo gratis y de afectar el progreso del país al oponerse a la minería.
Y de ese último punto me agarre para usar su argumento anterior: “A vos no te importa la minería porque la mina no está instalada en tu colonia.” Ya no seguí la discusión porque al final los insultos me duelen como si fueran hacia mí. Pero creo que mi frase tiene algún sentido.
Imagina vos, que estas leyéndome, que hoy descubren que en la esquina de tu casa hay oro o plata, que el parque de la colonia donde jugaste futbol de niño o donde ahora juegan tus hijos se volverá una minería a cielo abierto.
O que, a partir de hoy, debes ver como las paredes de tu casa se rajan por la actividad de las inmensas maquinas, que tus muebles se deterioran con el polvillo y que debes pensar siempre, que el agua que sale de tu chorro, un mal día, puede tener cianuro suficiente para matar a tu familia. Entonces, ¿no te opondrías?
Y eso, solo es un ejemplo. Pero la misma analogía puede ser útil para los desalojos, para la falta de oportunidades al acceso de tierra, principales razones de la marcha campesina.
Así pues, desde ayer, en la misma cuadra duermen cientos de campesinos que caminaron 9 días hasta acá para hacerse escuchar, y lamentablemente, para recibir insultos racistas (Ojalá que lograr lo primero, les haga despreocuparse de lo segundo) y las 15 personas que sin falta están durmiendo al alcance de mi vista, en la banqueta.
Quizá si este país fuera más justo, a los primeros se les brindaría la oportunidad por la que caminaron hasta acá y a los segundos la oportunidad de tener un techo y que el grito de ¡AGUA!, deje de significar miedo.