viernes, 11 de mayo de 2012

El dolor de los hijos por el dolor de una madre


Mi madre ya es abuelita. Se dice fácil pero significa un mundo. No la hice abuela yo, que el cielo sabe que aún me falta mucho para tener la capacidad de ser un buen padre, sino mi hermano.

Estuvo enferma hace apenas tres semanas. Empezó un día con un dolor agudo y resulto ser el apéndice, bastante extraño a su edad. La operación, que debía ser un procedimiento bastante sencillo, se convirtió en un problema mayor porque debió esperar 28 horas para ser operada desde que ingreso de emergencia al IGSS.

Si, 28 horas. Empezó todo un miércoles en la noche. Amanecimos en la sala de espera de la emergencia. Hay algo desgarrador en ver a tu mamá quejarse de un dolor y no poder hacer nada. Ni siquiera la capacidad de sacarla de hospital de seguridad social y llevarla a un hospital privado.

Al final, a eso de las cinco de la mañana el IGSS empezó a cambiar de cara. Mientras esperábamos que a mi madre le hicieran los rayos X necesarios para ser operada se escuchaba a lo lejos gritos de dolor de una mujer y un poco más bajo, en otra habitación, sonaba el Buki. Un hospital, como el mundo entero, es un lugar extraño y contradictorio.

Mi madre está bien, entre lo que cabe. Ya está en casa y todo parece ir en orden. Los días que permaneció hospitalizada fueron horribles e inciertos. Cuento esto días después con la tranquilidad de llegar ayer y saludarla en su casa.

Mientras tanto, pienso en los hijos que pasaron la noche del 10 de mayo sentados en la banqueta de la emergencia del IGSS de la zona 9. Pocas cosas te hacen sentirte más solo que ver a tu madre enferma. Quizá, sólo puede provocar más soledad y dolor lo que se vive en Santa Cruz Barillas.

Las fotos y textos publicados por Plaza Pública son la primera muestra del drama humano que se vive allá. Para los capitalinos la guerra fue una noticia ajena y lejana. Era, a lo mucho, la razón para quedarse sin luz unas horas o la noticias que en una casa, relativamente cercana, había un “reducto guerrillero”. Pero nada más.  

En los municipios del norte y occidente del país, en cambio, la guerra fue algo real, palpable y doloroso. Para madres, padres, hijos, abuelos. Con especial dolor en los municipios de la Franja Transversal del Norte, incluyendo a Santa Cruz Barillas. El regreso de Ejército y con él, los abusos asustan a la gente. Y con razón.

Y muchas madres lloran de nuevo. No es la primera vez que ven a soldados entrar a sus casas y tirar todo adentro para buscar (o acaso implantar) pruebas de su complicidad con grupos subversivos. Y saben, como lo aprendieron entonces, que después de este abuso, solo vienen otros, muchos más grandes, que en la guerra terminaron en muerte.

No esperaran esta vez. Partirán ahora mismo hacia las montañas muchas de estas familias. La sociedad debería entender que en Barillas, el tiempo retrocedió 30 años. Terrible.

Y pensando en las madres que lloran con sus hijos al huir en Barillas, regresó a la banqueta del IGSS que este viernes seguramente estará lleno de hijos que deberán esperar, como lo hice yo hace dos semanas, 28 horas para que su mamá sea atendida.

Yo, ya tengo a mi madre en su casa, pero peores noches le esperan, como siempre, a los más pobres. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Santa Cruz Barillas: Donde se desayuna con el periódico del día anterior


¿Alguien puede, con certeza, explicar que ha sucedido las últimas 48 horas en Santa Cruz Barillas, Huehuetenango? ¿Por qué una población civil decide (y se atreve) atacar un destacamento militar?

Estas son preguntas sin respuestas para este momento. Los últimos reportes oficiales de las autoridades dan cuenta de que entre las capturas hay una anciana de 74 años y otra mujer de 42. ¿Son ellas un riesgo para la seguridad del país? ¿Era necesario un Estado de Sitio para capturarlas?

Barillas siempre me remite a una anécdota de la primera vez que lo visite. Estaba desayunando a media cuadra del parque cuando un niño pasó vendiendo Prensa Libre. Me paré y llamé al niño y le pedí el diario. Me entregó, a las 8 de la mañana, el del día anterior. Yo, que al final por más que conozca muchas aldeas sigo siendo un capitalino torpe, se lo devolví y le dije: “No, dame el de hoy”. El patojo me dedicó una de las miradas de mayor desprecio que recuerdo y me contestó con mucha ironía: “¿Cómo querés la prensa de hoy si viene hasta las 4 de la tarde?”

Ese es el municipio que hoy dormirá, por segunda noche, con una presencia casi sin precedentes de policías y elementos del Ejército. Y es del lugar donde nacen estas preguntas sin respuesta. Sin embargo, la razón de no poder responder estas preguntas es mucho más profunda. Durante años los sucesos en el interior del país son vistos desde la Ciudad Capital con un aire de distancia demasiado grande para provocar interés significativo y de esto, mucha, si no es que toda, culpa la tienen los medios de comunicación.

Para un país con 22 departamentos debería ser indispensable contar con, al menos, un noticiero de alcance nacional con sede en el Interior del país, aún cuando fuera en una de las cabeceras. La visión desde aquellos lugares difiere mucho de la capitalina.

Contar con esas voces, diferentes del discurso mediático urbano sería un primer síntoma de democracia de la información. Pero no, no existe. Y eso nos lleva de nuevo a un Santa Cruz Barillas que vive bajo una disposición prevista para otros tiempos, para tiempos de guerra.

Barillas queda al norte del país, es la Guatemala Profunda. Se deben recorrer al menos 14 horas en carro para llegar, siempre que no llueva. Antes de llegar, se pueden empezar a sintonizar estaciones radiales mexicanas y a los túmulos empiezan a llamarlos "topes".  Es un pueblo que duerme después de Los Cuchumatanes.

Y allá explotó, eso es lo poco que sabemos hasta hora, una revuelta contra una persona que vendió sus terrenos para construir una hidroeléctrica. La ausencia de periodistas en la región, (la cabecera departamental donde si hay noticieros locales está a cerca de 6 horas de camino) nos deja sin una versión confiable de lo que sucedió.

Según las autoridades, esta es la versión oficial, decenas de campesinos asaltaron el destacamento militar, secuestraron soldados y robaron armas. El saldo es que la persona fallecida y los heridos los pusieron los pobladores, no el Ejército. Algo, al menos a mí, no me parece lógico en esta historia.

Con el Estado de Sitio ya rigiendo todo se vuelve aún más complicado para los reporteros de Huehuetenango y de la Ciudad que están llegando hoy al lugar. Barillas no cuenta con una gran infraestructura de hoteles. Además, seguramente enfrentarán problemas importantes para poder transmitir desde aquel lugar.

Por último, regreso a la necesidad de la democratización de la información. Los noticieros, con contadas excepciones, ven la información de sus corresponsales departamentales como un relleno informativo. Le dedican un espacio de un par de minutos en el penúltimo bloque para dar una apariencia de que tienen alcance nacional. Sin embargo, solo voltean a ver a un municipio cuando ocurre una revuelta, muere alguien importante o el río se llevo varias casas de una de sus aldeas.

Sólo entonces se dan cuenta de la necesidad de apoyar a sus periodistas departamentales, de brindarles mejores condiciones de trabajo, de la necesidad de pagarles bien, de darles un sueldo decente y no que tengan que hacer hasta 20 notas para ganarse Q2 mil.

Sí los medios de comunicación no cambien esa forma de ver lo que sucede en los departamentos ocurrirán de nuevo conflictos tan grandes como estos que dejan un poblador muerto y ancianas capturadas, mientras que Gobierno y empresas se ponen de acuerdo para brindar un mismo discurso que termina en que la gente que defiende sus derechos en pueblos perdidos del mundo son terroristas.