¿Alguien
puede, con certeza, explicar que ha sucedido las últimas 48 horas en Santa Cruz
Barillas, Huehuetenango? ¿Por qué una población civil decide (y se atreve)
atacar un destacamento militar?
Estas son
preguntas sin respuestas para este momento. Los últimos reportes oficiales de
las autoridades dan cuenta de que entre las capturas hay una anciana de 74 años
y otra mujer de 42. ¿Son ellas un riesgo para la seguridad del país? ¿Era
necesario un Estado de Sitio para capturarlas?
Barillas
siempre me remite a una anécdota de la primera vez que lo visite. Estaba
desayunando a media cuadra del parque cuando un niño pasó vendiendo Prensa
Libre. Me paré y llamé al niño y le pedí el diario. Me entregó, a las 8 de la
mañana, el del día anterior. Yo, que al final por más que conozca muchas
aldeas sigo siendo un capitalino torpe, se lo devolví y le dije: “No, dame el
de hoy”. El patojo me dedicó una de las miradas de mayor desprecio que recuerdo
y me contestó con mucha ironía: “¿Cómo querés la prensa de hoy si viene hasta
las 4 de la tarde?”
Ese es el
municipio que hoy dormirá, por segunda noche, con una presencia casi sin
precedentes de policías y elementos del Ejército. Y es del lugar donde nacen
estas preguntas sin respuesta. Sin embargo, la razón de no poder responder
estas preguntas es mucho más profunda. Durante años los sucesos en el interior
del país son vistos desde la Ciudad Capital
con un aire de distancia demasiado grande para provocar interés significativo y
de esto, mucha, si no es que toda, culpa la tienen los medios de comunicación.
Para un país
con 22 departamentos debería ser indispensable contar con, al menos, un
noticiero de alcance nacional con sede en el Interior del país, aún cuando
fuera en una de las cabeceras. La visión desde aquellos lugares difiere mucho
de la capitalina.
Contar con
esas voces, diferentes del discurso mediático
urbano sería un primer síntoma de democracia de la información. Pero no, no
existe. Y eso nos lleva de nuevo a un Santa Cruz Barillas que vive bajo una
disposición prevista para otros tiempos, para tiempos de guerra.
Barillas
queda al norte del país, es la Guatemala
Profunda. Se deben recorrer al menos 14 horas en carro para
llegar, siempre que no llueva. Antes de llegar, se pueden empezar a sintonizar
estaciones radiales mexicanas y a los túmulos empiezan a llamarlos "topes". Es un pueblo que duerme después de Los
Cuchumatanes.
Y allá
explotó, eso es lo poco que sabemos hasta hora, una revuelta contra una persona
que vendió sus terrenos para construir una hidroeléctrica. La ausencia de
periodistas en la región, (la cabecera departamental donde si hay noticieros
locales está a cerca de 6 horas de camino) nos deja sin una versión confiable
de lo que sucedió.
Según las
autoridades, esta es la versión oficial, decenas de campesinos asaltaron el
destacamento militar, secuestraron soldados y robaron armas. El saldo es que la
persona fallecida y los heridos los pusieron los pobladores, no el Ejército. Algo,
al menos a mí, no me parece lógico en esta historia.
Con el
Estado de Sitio ya rigiendo todo se vuelve aún más complicado para los
reporteros de Huehuetenango y de la
Ciudad que están llegando hoy al lugar. Barillas no cuenta
con una gran infraestructura de hoteles. Además, seguramente enfrentarán
problemas importantes para poder transmitir desde aquel lugar.
Por último,
regreso a la necesidad de la democratización de la información. Los noticieros,
con contadas excepciones, ven la información de sus corresponsales
departamentales como un relleno informativo. Le dedican un espacio de un par de
minutos en el penúltimo bloque para dar una apariencia de que tienen alcance
nacional. Sin embargo, solo voltean a ver a un municipio cuando ocurre una
revuelta, muere alguien importante o el río se llevo varias casas de una de sus
aldeas.
Sólo entonces se
dan cuenta de la necesidad de apoyar a sus periodistas departamentales, de
brindarles mejores condiciones de trabajo, de la necesidad de pagarles bien, de
darles un sueldo decente y no que tengan que hacer hasta 20 notas para ganarse
Q2 mil.
Sí los medios de comunicación no cambien esa forma de ver lo que sucede en los
departamentos ocurrirán de nuevo conflictos tan grandes como estos que dejan un
poblador muerto y ancianas capturadas, mientras que Gobierno y empresas se
ponen de acuerdo para brindar un mismo discurso que termina en que la gente que
defiende sus derechos en pueblos perdidos del mundo son terroristas.
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