Mi madre ya
es abuelita. Se dice fácil pero significa un mundo. No la hice abuela yo, que
el cielo sabe que aún me falta mucho para tener la capacidad de ser un buen
padre, sino mi hermano.
Estuvo
enferma hace apenas tres semanas. Empezó un día con un dolor agudo y resulto
ser el apéndice, bastante extraño a su edad. La operación, que debía ser un
procedimiento bastante sencillo, se convirtió en un problema mayor porque debió
esperar 28 horas para ser operada desde que ingreso de emergencia al IGSS.
Si, 28
horas. Empezó todo un miércoles en la noche. Amanecimos en la sala de espera de
la emergencia. Hay algo desgarrador en ver a tu mamá quejarse de un dolor y no poder
hacer nada. Ni siquiera la capacidad de sacarla de hospital de seguridad social
y llevarla a un hospital privado.
Al final, a
eso de las cinco de la mañana el IGSS empezó a cambiar de cara. Mientras esperábamos
que a mi madre le hicieran los rayos X necesarios para ser operada se escuchaba
a lo lejos gritos de dolor de una mujer y un poco más bajo, en otra habitación,
sonaba el Buki. Un hospital, como el mundo entero, es un lugar extraño y
contradictorio.
Mi madre
está bien, entre lo que cabe. Ya está en casa y todo parece ir en orden. Los
días que permaneció hospitalizada fueron horribles e inciertos. Cuento esto días
después con la tranquilidad de llegar ayer y saludarla en su casa.
Mientras
tanto, pienso en los hijos que pasaron la noche del 10 de mayo sentados en la
banqueta de la emergencia del IGSS de la zona 9. Pocas cosas te hacen sentirte
más solo que ver a tu madre enferma. Quizá, sólo puede provocar más soledad y
dolor lo que se vive en Santa Cruz Barillas.
Las fotos y
textos publicados por Plaza Pública son la primera muestra del drama humano que
se vive allá. Para los capitalinos la guerra fue una noticia ajena y lejana. Era,
a lo mucho, la razón para quedarse sin luz unas horas o la noticias que en una
casa, relativamente cercana, había un “reducto guerrillero”. Pero nada más.
En los
municipios del norte y occidente del país, en cambio, la guerra fue algo real,
palpable y doloroso. Para madres, padres, hijos, abuelos. Con especial dolor en
los municipios de la
Franja Transversal del Norte, incluyendo a Santa Cruz
Barillas. El regreso de Ejército y con él, los abusos asustan a la gente. Y con
razón.
Y muchas
madres lloran de nuevo. No es la primera vez que ven a soldados entrar a sus
casas y tirar todo adentro para buscar (o acaso implantar) pruebas de su
complicidad con grupos subversivos. Y saben, como lo aprendieron entonces, que
después de este abuso, solo vienen otros, muchos más grandes, que en la guerra
terminaron en muerte.
No
esperaran esta vez. Partirán ahora mismo hacia las montañas muchas de estas
familias. La sociedad debería entender que en Barillas, el tiempo retrocedió 30
años. Terrible.
Y pensando
en las madres que lloran con sus hijos al huir en Barillas, regresó a la
banqueta del IGSS que este viernes seguramente estará lleno de hijos que deberán
esperar, como lo hice yo hace dos semanas, 28 horas para que su mamá sea
atendida.
Yo, ya
tengo a mi madre en su casa, pero peores noches le esperan, como siempre, a los
más pobres.
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