martes, 12 de marzo de 2013

De la esperanza perdida y recuperada (a medias)


Casi pierdo la esperanza la semana pasada. La muerte, angustiosa e incesante, se cobró vidas tan inocentes en un país que cada vez parece más hecho de mentiras que no deja lugar para la vida.

Su nombre era Katherin Julissa. Tenía tres años. Hacia sus tareas, pintaba inocente en la sala de su casa. Se paró para tomar agua junto a la pila en el patio de su casa cuando una bala, estruendosa, rompió la puerta y le dio en la cabeza. Después, 42 horas de lucha contra la muerte, que perdió. Es la vida de este país rompiéndose en mil pedazos.

También la semana pasada murió un hombre a balazos porque le toco la bocina a otro. A un idiota con pistola, como tantos hay en este país y en el mundo. Un idiota que no sé cómo duerme por las noches después de aquel día. El hombre muerto había salido a buscar la vida, o al menos una más digna, porque se dirigía a una entrevista de trabajo. La vida, de nuevo, valiendo menos que nada.

Ayer, para hacer un ejemplo más cercano, dos niñas de 14 y 16 años aparecieron muertas, luego de ser violadas, por negarse a pertenecer a una mara. ¿Qué opción de vida tenían las dos en este país?

Y así, como muchos otros que conozco llegue a un punto insalvable. Un mal humor masticado, una decepción por un país que no cambia, pero que sobre todo no quiere cambiar. Allá iba la gran parte de la población convencida que el único interés por la violencia sea que hoy no les toque a ellos el ladrón en el semáforo o quizá la bala perdida. Pero sin fondo, sin discusión, resignados, queriéndose embobar en conciertos, en espectáculos ajenos, queriendo vivir en burbujas. Yo no quiero ser uno de esos resignados, me rehusó a serlo.

Este país, mi país, se merece algo mejor. Pero es que a veces, de verdad, oír las noticias, pero sobre todo ver como todo sucede, sin que en realidad suceda algo es angustiante y no deja dormir bien.  ¿En qué país del mundo no sería la portada de TODOS los medios escritos la muerte de una niña por una bala perdida adentro de su casa? ¿En qué país del mundo eso no amerita una inmediata discusión sobre la portación de armas de fuego?

En este, donde sonar la bocina puede costarte la vida, pero en qué país del mundo en lugar de que eso amerite una discusión seria, lo que provoca es que toda la gente, y hasta periodistas irresponsables, pidan que no toquemos más la bocina. Nadie, o muy poca gente, planteó la necesidad de regular las armas, pero todos, o mucha gente, pidió no volver a usar la bocina. Este país es el mundo al revés.

Así, en todo lo que escribí no hay ninguna esperanza, y es que yo mismo creí haberla perdido antes del fin de semana. Me la devolvieron cuatro niños. Mi sobrina diciendo “me guta” a todo lo que mira, con una sonrisa tan encantadora que te da fuerzas para seguir. El sobrino de alguien a quien quiero mucho que sonríe y se disfraza con la inocencia de quien se va a comer el mundo, quizás no hoy, pero seguro mañana. La voz encantadora de la hija de una mis mejores amigas que cree que yo soy bonito. Y, por último, la sonrisa en fotos del hijo de uno de mis mejores amigos, una sonrisa pura que me recuerda la sonrisa de niños de 11 años que teníamos cuando mi amigo y yo nos conocimos y teníamos tantos sueños.

En efecto, en este texto no hay esperanza. La única, la importante, la verdadera esperanza está en esos niños. En que nuestros esfuerzos se encaminen a brindar un mejor país para ellos. Proponiendo, discutiendo las cosas importantes. Cuanta más gente despierte y se cuestione sobre el uso indiscriminado de las armas en lugar de por qué  bocina alguien, cambiaremos.

 En la medida en que abramos los ojos más allá de los lugares comunes y la gente se cuestione cosas de fondo como el porqué de las medidas represivas de este gobierno y el abandono de medidas de prevención y apoyo a la juventud entonces quizá el cambio sea posible. La esperanza, es al final de cuentas, que este mundo cambie y que cuando se lo entreguemos a esos niños que me devolvieron el ánimo esta semana las condiciones sean mejores, para que las manos de esos niños sean seguras para construir un mejor porvenir. 

Eso espero. 

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